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El guardián andalusí del tesoro de papel

Cuando se acuesta por la noche en su casa de Tombuctú, la mítica puerta del Sáhara, a Ismael Diadié Haidara le asalta una pesadilla recurrente con formas variadas pero todas catastróficas: los saqueadores, un ejército invasor, el polvo del desierto, una plaga de termitas, una inundación, una pandilla de fanáticos, un grupo rebelde, un incendio, un cúmulo de hongos, un loco o una disputa familiar le roban, devoran, mojan, queman, rompen, dividen, destruyen, reducen a cenizas los 7.026 manuscritos de valor incalculable que sus ancestros han atesorado desde el siglo XV y que él conserva en precarias estanterías y cofres en un cuarto pegado a su despacho.


Cuando se despierta por la mañana, comprueba aliviado que los textos, muchos con los bordes gastados por el uso, comidos por los insectos o con marcas de haber sobrevivido al agua, siguen a salvo en sus anaqueles. Pero dice en exquisito castellano que el miedo a un desastre lo acompaña también cuando está despierto. «Siento que tengo un enorme peso sobre mis espaldas. Que un manuscrito de hace mil años se destruya en tus manos es una presión constante. Y a mí se me corta el sueño. Las posibilidades de hacer daño son ___ infinitas, como hicieron en Bagdad y Sarajevo».
Su preocupación no es infundada: estuvo lloviendo durante cinco días seguidos en la desértica Tombuctú y sólo la ayuda vecinal para rodear la casa con los sacos que llenaron de arena tras vaciarlos de arroz y mijo logró en la noche del 9 de agosto de 1999 el «milagro» de que la inundación no ahogara también los libros. Años antes, la rebelión tuareg llevó los tiroteos y bombardeos con el Ejército hasta la misma puerta. Los tesoros son una carga muy comprometida.
Por eso el historiador y poeta Ismael Diadié, de 50 años, director del Fondo Kati y guardián y depositario de la Biblioteca Anda-lusí de Tombuctú, cuenta anhelante las horas que faltan para que expertos enviados desde . España por la Junta de Andalucía instalen el prometido sistema de seguridad donado por varias empresas: las cámaras de vigilancia, los detectores de fuego, los sensores de humedad... Pero no conciliará el sueño del todo hasta que se culmine la restauración y micro-filmado de estas miles de páginas: una copia de seguridad fundamental que permitirá ya el acceso ilimitado de los investigadores para desentrañar y divulgar su hasta ahora casi desconocido contenido. Sin embargo, es un proceso que durará años todavía.
Diadié envió hace unos meses los primeros 15 manuscritos a 3.000 kilómetros de aquí, a la sevillana isla de La Cartuja, para que los técnicos del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico los restauren, escaneen y conserven en formato digital. El convenio para tres años firmado el pasado diciembre con el consejero andaluz Gaspar Zarrias y la Fundación Tres Culturas prevé que se haga lo mismo con otros 3.000 manuscritos, pergaminos y vitelas, de los que luego se publicará una amplia selección (ya se editó el primer tomo), cuenta Diadié en el oasis de su despacho, forrado de libros modernos en vez de palmeras. Quedarán luego otras 4.000 obras por desinfectar, restaurar y digitalizar.
«Si no intervenimos urgentemente, podemos perder textos», apremia él. De haber nacido en París, Londres o Madrid, y no en uno de los países más pobres y una de las regiones más inhóspitas de la Tierra, estos manuscritos estarían blindados en un museo o un archivo histórico. Pero aquí se puede dar por contento de tenerlos reunidos bajo techo firme en una sencilla habitación.
Diadié inicia el relato de una historia que es una novela de aventuras o el guión de una película. Toledo, 1468. Su antepasado Alí Ben Ziyad, un acomodado jurista andalusí de origen visigodo perteneciente a una familia islamizada, decide exiliarse para escapar del hostigamiento de los cristianos que dominan la urbe. Deja atrás su casa, su familia y sus bienes, pero no se le ocurre separarse de los libros de su biblioteca, entre los que hay tratados jurídicos, ejemplares del Corán, ensayos teológicos, obras poéticas o trabajos científicos, unos en árabe, otros pocos en aljamiado (castellano con grafía arábica).
Desde Ceuta continúa a Fez y Argel y, tras peregrinar a La Meca, donde incrementa su colección, se dirige a través de la ciudad mauritana de Walata al que llama «país de los negros», al otro lado del Sáhara y a orillas del río Níger. Se establece al fin en Gumbu, cerca de Tombuctú. Y Alí Ben Ziyad, el europeo, andalusí, visigodo y blanco, se casa con Jadiya, la hermana negra del futuro emperador Askia Mohamed, soberano de los songai, que desde la Curva del Níger, en el actual Malí, dirigirá uno de los mayores imperios indígenas que ha conocido África.
De este mestizaje nace Mahmud Kuti, cuyo apellido, «godo», se deformará después en Kati. Mahmud se convierte en el ministro de Finanzas de su tío el emperador y, a la muerte de éste, se lleva consigo libros y cartas imperiales para ponerlos a salvo de la guerra intestina de sucesión que se desata, con lo que la biblioteca familiar experimenta un aumento considerable. Mahmud recibirá luego la visita del comandante Yuder Pachá, un morisco de la almeriense Cuevas de Almanzora, con el que vienen otros tres mil soldados andalusíes y cientos de cristianos españoles conversos al islam, los «renegados», enviados por el sultán de Marrakech para conquistar el imperio songai.
Mahmud Kati muere centenario en 1593 y la biblioteca queda en manos de sus descendientes, que deben enfrentarse entonces a la acusación de los songai de colaborar con los invasores marroquíes, conocidos como los «arma». Los andalusíes del Níger serán así tachados de traidores después de que los cristianos ibéricos acusaran de lo mismo a sus antepasados. «Patria ya no tienen. La matria de la familia es la biblioteca», subraya.
En 1833, el dominio de la etnia peul y la división de la familia entre pro y anti-peuls fuerza la dispersión de los manuscritos entre diferentes ramas de los Kati. Los disidentes esconden su parte de la biblioteca de las pesquisas del poder. También la buscarán los franceses cuando lleguen en 1895. «Pero no se imaginaban que ese tesoro pudiera estar enterrado en una choza del río», en cofres de madera y luego de latón, como los que enseña Diadié en su librería. Su familia enterró su porción de manuscritos en su choza de Kiri-chamba, una aldea sin electricidad a tres horas en barca de aquí en el Níger. De allí la exhumó él, como quien saca a la luz un tesoro pirata o las joyas de la cueva de Alí Babá.
Las negociaciones con la parentela para conseguir los otros lotes han sido largas y costosas. «En estos 30 años de trabajo he perdido casas, tierras y dinero a cambio de esos manuscritos», suspira Ismael. Añade satisfecho que ha reagrupado ya la mayoría de las obras y que sabe dónde están y quiénes tienen las que faltan, aunque ellos lo nieguen. Si no los recupera él, lo harán su hijo Abdelkarim y su hija Umukutu, los mayores de sus seis vásta-gos, que han ido becados a Sevilla para estudiar fotografía y biblioteconomía con el fin de proseguir la labor del padre. «El buen cazador sabe esperar», dice él sonriente.
Fuera de la familia, nadie en el mundo sabía que un joven poeta e historiador de Tom-buctú que había estudiado Traducción y Filología Hispánica en Granada tenía en sus manos un archivo sensacional. Había llegado el momento de dar la noticia. Lo hace en 1999 en el diario Les Échos de Bamako. Su artículo traspasa las fronteras. «Había investigadores que decían que era falso, que la biblioteca no existía porque no la habían encontrado los franceses», rememora hoy con sensación de triunfo.
Para probar que no miente, invita a examinarla in situ a John Hunwick, profesor de la Northwestern University, cerca de Chigado, que ha dedicado toda su vida a estudiar la trayectoria de la familia de los Banu Al Kuti a partir del único manuscrito que se conoce hasta ese instante. Cuando descubre que Ismael tiene no uno, sino miles de manuscritos, sufre una crisis hasta los cimientos. «Los cogía e iba diciendo: ‘Sí, es un Kati; sí, es un Kati; sí, es un Kati’. Se puso rojo y empezó a darse golpes en la cabeza». La alegría indescriptible del profesor al hallar de sopetón semejante patrimonio se funde con el dolor de saber que el descubrimiento ie llega demasiado tarde, cuando está a punto de jubilarse.
Hunwick anuncia que la biblioteca no sólo es auténtica sino que su valor para el conocimiento de esta parte de África equivale al del hallazgo de los Rollos del Mar Muerto para Oriente Próximo. «En abril de 2006 vino aquí por última vez para despedirse de los manuscritos. Se le había paralizado el iaUu kquicrüu y los enfermeros lo tenían que sostener. Pero era emocionante ver cómo llegaba arrastrado por la pasión. Entró en la habitación solo y se quedó en silencio cuatro o cinco minutos, mirando. Su tragedia es que ya no podía leer todo esto».

HUELLA GENÉTICA ESPAÑOLA
El manifiesto promovido por el mentor español de Diadié, el poeta José Angel Valente, para pedir la protección de este legado abrió el camino para la ayuda del Gobierno español y de la Junta de Andalucía, que pagó los 180.000 euros que costó en 2003 la construcción de este pequeño edificio de la Biblioteca Andalusí. El gobierno andaluz va a restaurarlo ahora porque ha sufrido desperfectos desde entonces. Ismael Diadié sueña con culminar su obra con un broche que cerraría un viaje de ida y vuelta: la apertura de otra casa-museo de su fundación en Toledo o Granada donde dar a conocer la aventura de sus antepasados y conservar una copia de este acervo. En esta lucha su mejor cómplice es su mujer, Hawa Touré. Pero hay en la familia más causas que la de los libros. Hace dos años, Hawa coordinó la distribución de comida enviada por la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para paliar la hambruna en la región tras el paso de una plaga de langostas.
Desde España trasplantaron al África negra la memoria escrita. Y los genes. «Fue un acontecimiento cuando nacieron mi hermano mayor y el menor. Porque eran blancos. No negros albinos, no: blancos. Todo el mundo venía a casa a verlos. Uno murió con dos meses y el otro con tres o cuatro. Entre los dos nació nació un negrito, que soy yo», dice el historiador. El censo que ha elaborado este año establece que en la zona de Tombuctú los descendientes de españoles castellanos y andalusíes suman 4.214. Son los Kuti, Laluyi («renegados») o Yarrumi («los que vienen de Rumi», Europa). Un colectivo para el que defiende, con cautela, que se le conceda el derecho a la ciudadanía española como ya se hizo con los sefarditas judíos. Judíos, por cierto, con los que se mezclaron también sus antepasados y sobre cuya antigua presencia en Tombuctú publicó un libro en 1999 que le granjeó amenazas de los islamistas radicales.
Después de comer, nos enseña al fin los manuscritos, varios de los cuales dice que muestra a la prensa por vez primera. Su archivero, Mumin, se encarga de pasar las páginas porque él ha contraído una infección en las manos debido a décadas de manoseo ínti-macon el papel y sus bacterias. Tradúcelas anotaciones iie'BgTl ;jyau ai lahiuui ul i -do. Nostalgia concentrada en unos trazos de tinta y el polvo que se mete en la garganta. «Yo lloro por mi país. Lloro mi dominio. Lloro mi reino. Lloro mis bienes. Lloro mi tierra. Lloro mi vida. Lloro mi exilio. Yo lloro, lloro. Voy al exilio. Yo os digo, yo os digo. Y lloro mi tierra. Lloro mis niños. Lloro mis bienes. Yo lloro, lloro por la tierra de los Godos».

LA TORMENTA
Diadié muestra luego el Corán que el gobernador de Ceuta le regaló a Ben Ziyad, donde éste anotó la compra de una esclava a la que dejó libre. Y un tratado religioso de 972 comprado en La Meca, y un... De pronto, en la ventana se hace la noche. Una tormenta de arena borra el cielo como si fuera el día del Apocalipsis. Se ha ido también la electricidad. Pero se está tan a gusto en este oasis cultural que hasta resulta bienvenida la arena que nos impedirá partir.
Las puertas, dice Ismael, están abiertas a cualquier alma inquieta. La habitación y la pensión completa sólo cuestan 15 euros al día (para más información, en los teléfonos 00 223 923 7265 y 00 223 292 1395, o la dirección Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla ). Uno de los habituales es su editor en el sello Almuzara, el ex ministro Manuel Pimentel. O el escritor Manuel Villar Raso, el que primero difundió la huella española del Níger.
Para pensar y escribir con su propia voz, Ismael se recluye en su choza de Kirichamba o se va a España a encerrarse en un monasterio franciscano de Antequera. «Todos los días el mundo y la historia me matan. Todas las noches resucito entre la mujer y el vino», escribe en Las lamentaciones del viejo Tombo, publicado por la Diputación de Málaga.
Los manuscritos no podrían haber encontrado mejor guardián. Porque este humanista y musulmán escéptico se dejará la vida por perpetuar la de los autores y lectores que impregnaron con su ser estas pilas de papel oscurecido. Tombuctú tiene un lema: «La ciudad de los 333 santos». No sabemos si hubo semejante multitud, pero podemos afirmar que ya conocemos a uno por lo menos. Y que, sólo por eso, merece la pena haber llegado hasta aquí.