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La judería no luce a gusto de todos

En la Judería de Córdoba huele a cuero y a plástico, y sin tener que entrar en ninguna   tienda, encuentras platos de barro y llamativas especias pero también imanes, delantales y llaveros para contentar a la vuelta del viaje con un «souvenir». Gran parte de los productos se alcanzan al paso y «tiénen que estar ahí porque ese es nuestro tipo de venta» se justificaron ayer los comerciantes de la zona. Han oído que la Delegación de Urbanismo, en palabras de su portavoz, Pedro García (IU), tiene la intención de actuar «de inmediato» contra la «contaminación visual» que producen los expositores y cartelería de los establecimientos, pero se defienden explicando las condiciones de venta que presenta la zona. «El 80 por ciento de mi negocio está en la puerta. Necesito sacar mi producto», declaró la propietaria de un local que viste su fachada con blusas y faldas. «La venta aquí es caliente y agresiva, pasan muchos grupos de turistas, ven algo que les gusta y les cobro en la calle porque no se paran» aclaró la dependienta. Esto, que para ella es, según explicó «su forma de ganarse la vida», para vecinos como Alejo resulta un «agobio» pasear por las calles de su barrio convertido en un «mercadillo permanente». «Estamos hartos de la invasión», añadió. Pero para tenderos como María, ese es el «encanto de la Judería. Un estilo a los

bazares de Túnez o Marruecos». Otro vecino, Rafael, consideró que «aunque algunos se pasan con el tenderete, este barrio es así y así seguirá, le pese a quien le pese».
Tomando la calle Deanes no se puede ver otra cosa que no sea lo que cuelga de las paredes, ventanas y cables: vestidos y más vestidos. Manolo, dueño de uno de los locales de textil explicó que además de su fachada utiliza la contigua, «prestada» por su amigo Que cerró el bar. «Tengo permiso y he visto mis ventas incrementadas un 45 por ciento», añadió. Menos suerte corrió una de las tabernas que asentó su terraza y le llamaron la atención. «No hay espacio para caminar y lo comprendo, pero macetas y otros adornos hacen que la gente se detenga a hacer fotos», apuntó la propietaria. En un comercio aledaño a la Mezquita, explicaron que la «expansión» de los escaparates improvisados se ha hecho «poco a poco hasta que se ha normalizado y como nadie ha dicho nunca nada, ahora no se concibe que se tenga que cambiar». En este sentido, el Ayuntamiento recordó que Córdoba ya tiene una ordenanza en esta materia, pero «no se cumple». Lo cierto es que de una decena de propietarios y dependientes consultados, ninguno sabía exactamente qué podía sacar de su establecimiento. Según se recoge en el capítulo XI de las Ordenanzas y Reglamentos Municipales de Córdoba, relativo a la publicidad en el Casco Histórico, «queda taxativamente prohibida la instalación de soportes publicitarios cuyos elementos sean de acero, aluminio, etc., que no tengan un tratamiento pintado adicional acorde con los materiales tradicionales, así como los materiales plásticos y los rótulos lumniosos» (art.36).
Una costumbre
La opinión general es que la exposición fuera de los establecimientos «mantiene vivo el comercio», aunque hay voces que reconocen que es necesario un «control porque no se puede permitir el abuso ni el mal gusto». Isabel es guía y comentó que «los visitantes se aburren de ver lo mismo en todas las ciudades. Hay que dar realce a los artesanos locales». Y los turistas, que también tienen que decir en esto, no ven inconvenientes a los expositores del exteror. Pérez, que espera a su acompañante que ha «picado» en el reclamo, comentó que está «acostumbrado» a lo que ve. Coincidieron en esta percepción un grupo recién llegado de Valencia, para quienes no hay «ningún despliegue excesivo» de artículos en la calle. «Lo mismo que en otras ciudades. Lo que sí impacta a la vista es encontrar un Burger King enfrente de la Mezquita», bromearon.