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Un romance que le costó la vida

Don Fernán Alfonso de Córdoba, primer señor de Belmonte, era uno de los caballeros más relevantes de Córdoba, veinticuatro de la ciudad, donde destacaba por sus enormes posesiones y su inmensa fortuna, y además gozaba de la amistad del rey Juan II de Castilla, padre de Isabel la Católica, lo que le proporcionaba una sólida y respetable posición en la Corte castellana.
Este noble estaba casado con Beatriz de Hinestrosa, dama muy joven y de gran belleza, a la que amaba profundamente. La dama era respetada y admirada a causa del lujo y posición social que había alcanzado con su matrimonio. Pero a pesar de ello, la pareja tenía una frustración, y era la de no haber tenido hijos, lo que enturbiaba la felicidad del matrimonio.


Las crónicas de la época señalan que ambos cónyuges hicieron todo lo posible por lograr descendencia, desde solemnes votos y promesas religiosas hasta conjuros de adivinos orientales y sortilegios de hechiceros mahometanos.
Por ello, Don Fernán decidió dejar la Corte y trasladarse a Córdoba junto a su esposa. Antes de marchar, según cuenta la leyenda, el monarca le regaló un hermoso anillo que él entregó a su mujer. Días después de instalarse en la ciudad, fueron a visitarles sus primos, los comendadores Don Fernando Alfonso de Córdoba y Solier, comendador del Moral, y Don Jorge de Córdoba y Solier, comendador de Cabeza del Buey, ambos de la Orden de Calatrava, hijos del tercer Alcaide de los Donceles, y hermanos del Obispo de Córdoba Pedro Solier.
Don Jorge se enamoró perdidamente de Beatriz y pronto ese amor pasó a ser una incontrolable pasión. Los comendadores continuaron durante algún tiempo en Córdoba y nada hacía sospechar que tuviera ni siquiera la posibilidad de declararle sus sentimientos a la bella esposa de su primo, aunque un acontecimiento totalmente imprevisto modificó sustancialmente el devenir de los acontecimientos.
Coincidió que el veinticuatro tuvo que partir de nuevo a la Corte para entregar al monarca una petición municipal, viéndose obligado a prolongar allí su estancia. Las cartas que recibía de su esposa comenzaron a ser menos frecuentes, a la par que su criado Rodrigo le escribía pidiéndole que regresara cuanto antes. Uno de esos días, tuvo la visita de su primo Don Jorge, quien iba a tener audiencia con el rey. Tras estar con él, Don Fernán habló con el monarca, quien le expresó su enfado por el desinterés que había tenido con el preciado regalo que le había hecho tiempo atrás. Ante la extrañeza del veinticuatro, Don Juan le explicó que había visto el anillo en uno de los dedos de Don Jorge.
Así que, confundido, pidió al monarca permiso para regresar a Córdoba. Cuando llegó a casa, la imagen de su mujer le hizo dudar de que todo lo que sospechaba fuera cierto y consiguió calmar la ira que llevaba. Al día siguiente, al salir al jardín, el criado Rodrigo le contó que Doña Beatriz y Don Jorge eran amantes. Ese día, Don Fernán organizó una falsa cacería con el fin de dejar a su esposa y sus primos a solas. Por la noche, se escondió en el jardín y vio a Doña Beatriz con Don Jorge y a una prima de ella con Don Fernando, todos ellos cenando y bailando. Cuando las dos parejas se retiraron a sus habitaciones, el veinticuatro entró en uno de los cuartos y mató a su esposa y a su amante, yendo después a la otra estancia y asesinando igualmente a la prima de ésta y a Don Fernando.
Tras huir con su criado, el rey Don Juan II tuvo conocimiento de todo lo ocurrido, pero Don Fernando acogiéndose al privilegio rodado que otorgó el Rey Don Juan II en 20 de febrero de 1448, que perdonaba los delitos de todos aquellos que durante un año y un día, defendieran la ciudad de Antequera, poco antes conquistada y amenazada continuamente por los infieles, obtuvo el perdón de sus crímenes en 1449.
En su testamento, otorgado en Bujalance a 22 de abril de 1471 confirma su acción homicida y lega 30.000 maravedíes para hacer bien por el alma de la dicha doña Beatriz.
En 1478, falleció en su caserón del barrio cordobés de Santa Marina, y fue enterrado en la Capilla de San Antonio Abad de la Mezquita Catedral de Córdoba el trágicamente célebre primer Señor de Belmonte, en ella se encuentra también su segunda esposa, Doña Constanza de Baeza y Haro.
Tan trágico acaecimiento, como es lógico, atrajo muy pronto la atención de la gente y de los poetas, sobre este hecho histórico ocurrido en 1448 en la ciudad de Córdoba y lo relataron de inmediato, cuando menos desde Antón de Montoro. El famoso judío converso, sastre o ropero de Córdoba, escribió unas octavas de arte mayor, A la muerte de los dos hermanos Comendadores. Dicha tradición llegó a Juan Rufo, cuyo Romance de los Comendadores, publicado en Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso (1596), se constituyó en la base fundamental que había de seguir Lope de Vega para la creación de su comedia Los comendadores de Córdoba u honor desagraviado'.
La leyenda de la Torre de la Malmuerta, dice que el Rey le ordenó construir una torre en Córdoba como expiación por su crimen. Esto es imposible, fue realizada entre 1404 y 1408, durante el reinado de Enrique III de Castilla.