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Viaje al corazón de Córdoba

Hay unas cuantas razones fundamentales para amar Córdoba: es pequeña, es vieja y es una de esas pocas ciudades del mundo —Venecia, por ejemplo, Granada— a las que no puede irse nunca por primera vez. Porque a Córdoba se regresa siempre, aunque no se haya estado jamás en ella. Hace más de mil años lo tuvo todo y, por esas cosas de la historia, ya no le queda más que su leyenda. Si además uno ama la literatura, hay una sola y poderosa razón para no olvidarla: allí le esperan, entre otras, las sombras insignes de Ibn Hazm, de Luis de Góngora o de Federico García Lorca, que quiso ver en ella la ciudad del silencio y de la melancolía, la ciudad lejana y sola, celeste y enjuta, la ciudad callada.


El Guadalquivir entra en Córdoba con mansedumbre, como si quisiera respetar el silencio y el descanso de la ciudad que más lo ha mimado a lo largo de la historia. Romana y mora, como dijo Manuel Machado, Córdoba, la sultana de los mil amantes, fue ya famosa en tiempos de Aníbal y capital de la Hispania Ulterior con los romanos. Pompeyo y Julio César combatieron a sus puertas. Séneca el filósofo y Lucano el poeta pasearon por sus calles antes de acudir a la metrópoli y compaginar las humanidades con las intrigas políticas. La antigua colonia fundada en el siglo II a. C. no alcanzó los lujos de Itálica, pero sí contó con los clásicos e imponentes espacios monumentales, como el enorme circo que daba la bienvenida a quien llegaba desde Roma recorriendo la vía Augusta.
Poco queda en pie, sin embargo, de la dinámica Córdoba latina. El magnífico puente, que salva la corriente del río en el punto en que tenía que pararse la navegación antigua procedente del océano: un gigante de doscientos setenta metros construido a principios del siglo I de nuestra era. Las ruinas del templo descubierto en la calle Capitulares. Los mausoleos cilíndricos que surgen como fantasmas en los Jardines de la Victoria. O las esculturas y los restos del teatro romano que pueden contemplarse en el Museo Arqueológico.
Pero si Córdoba terminó calando en las páginas de la historia universal fue, por encima de todo, por los siglos de dominio islámico. Para la ciudad del Guadalquivir, en efecto, todo cambió tras la victoria musulmana en la batalla de Guadalete y el viaje desde Iraq hasta las playas de al-Ándalus de Abd al-Rahman el Inmigrado. Bajo los emires omeya Córdoba renació de sus cenizas y con los califas se convirtió en un emporio, el reino más poderoso de Occidente. Entre los siglos viii y x se levanta la gran mezquita, se construye la vecina Medina Azahara y se configura definitivamente el trazado de la ciudad sobre el primitivo de tiempos romanos.
La singular convergencia de un crecimiento económico sostenido y una figura como la de Abd al-Rahman III fue la responsable de la gran metamorfosis. A Córdoba llegan en esa época artistas y poetas de todo el mundo islámico atraídos por la fama de su esplendor. El festín de saber qué ofrecían sus florecientes escuelas y sus inmensas bibliotecas, y la tolerancia religiosa de los califas pusieron alas a la creatividad humana, desbordada en la ciencia y en la filosofía. La bella, la poderosa, la sapiente Córdoba generó entonces abundancia de talentos. Aquí estuvo la biblioteca de al-Hakam II, tan vasta como la de Alejandría. Aquí vivieron los poetas Ibn Hazm e Ibn Zaydun. Aquí escribió su obra el asceta Ibn Massarra, introductor del pensamiento griego y partidario de una lectura alegórica del Corán que fomentara la meditación personal. Y aquí, aunque más tarde, cuando al-Ándalus padecía los rigores del dominio almohade, persiguió la sombra de Aristóteles el gran Averroes y realizó sus primeros estudios el teólogo, médico, filósofo y poeta Maimónides, el pensador judío más importante de todos los tiempos.
Ninguna ciudad del Magreb, de Egipto ni de Siria era tan grande en aquellos días como la capital del califato andalusí. La ciudad, populosa y peligrosa, era un inverosímil laberinto de miradas y voces que hablaban en varias lenguas simultáneas, de patios silenciosos y jardines umbríos, de noches inmortales y deleites efímeros. No es de extrañar que en los días aciagos de la guerra civil, cuando se desmoronaba sin remedio el complejo edificio político erigido por Abd Al-Rahman III, el poeta Ibn Zaydun escribiera arrebatado:

Un corazón que arde en tu ausencia, tendrá fuente sana;

¿pueden volver tus noches deliciosas en la Sierra Morena?

La hermosura era tu vista, y tu canto música que suena;

tan tierno, en ti, el regazo de la vida, cuánto, madre, te amo.


Todo se desvaneció al fin, igual que si hubiera sido un sueño. La prosperidad se volvió estéril desierto, y a la locura unánime de las guerras civiles y las invasiones norteafricanas le sucedió la conquista de Fernando III el Santo. Jardines, alminares y casas desaparecieron, y hasta aquella alcazaba cuya belleza conoció Ibn Hazm y aquellos patios que según el poeta eran angostos para contener tanta gente como por ellos discurría.
Lo que hoy encontramos en Córdoba de aquella Córdoba son ecos, silencios, olores… El azahar de los naranjos que trajeron los árabes; la Torre de la Calahorra, que sigue haciendo guardia al Guadalquivir; la noria, en la margen derecha del río, que antaño suministraba agua a los jardines del alcázar musulmán; la antigua judería, un barrio de callejitas aromáticas que conserva el mismo trazado laberíntico de hace mil años; y, por encima de todo, el bosque de símbolos de la gran mezquita, el corazón de aquella ciudad.
Hoy también catedral, la mezquita mayor de Córdoba, construida sobre la iglesia visigótica de San Vicente, es el testimonio más preciado del esplendor omeya, la única superviviente de todas las maravillas arquitectónicas que celebraron los viajeros en el siglo x. La empezó Abd al-Rahman I en el viii, los emires y califas que le sucedieron la ampliaron y embellecieron sin reparar en gastos, y el usurpador Almanzor la terminó en el x. Símbolo de un imperio, alma y sentido de Córdoba, la mezquita es el monumento de una fe, un bosque geométrico de columnas de jaspe y mármoles preciosos de diversas procedencias guardado por sólidos muros exteriores.
Como se sabe, los reyes cristianos ordenaron levantar una capilla en mitad de ese fabuloso bosque y algo más tarde el cabildo mandó construir una catedral. Estas transformaciones fueron, como poco, desafortunadas. Las naves de la mezquita son ahora mucho más oscuras porque se tapiaron las que daban al Patio de los Naranjos y en el interior de los muros se abrieron capillas. La construcción del crucero de la catedral, obra plateresca ciertamente bella, supuso la pérdida de sesenta y tres columnas, quebrando para siempre la simetría y armonía del conjunto, el efecto del reflejo dentro del reflejo. Nadie resumió mejor lo sucedido en esos días que el emperador Carlos V, quien reprochó a los canónigos haber destruido lo que no se veía en ninguna parte para levantar lo que se veía en muchos lugares.
Pese a todo, la visita aún despierta un mundo de emociones. Todavía está allí el delicioso Patio de los Naranjos, con su olor a azahar entre sol y sombra. Igualmente puede verse el grácil y espléndido mihrab que hizo construir Al Hakam II, cubierto de arabescos y de mosaicos. Y por supuesto, aún puede contemplarse la estremecedora belleza del bosque de columnas y la repetición borgiana de los arcos de herradura, e imaginar las impresiones que permitieron a visitantes de la época califal asegurar que ningún otro monumento del islam igualaba a la mezquita de Córdoba en belleza.
Las callejuelas de la judería culebrean en torno al grandioso templo. Se ha dicho que en este barrio de Córdoba el tiempo se ha detenido y que parte no insustancial de su belleza nace de ahí. El viajero no está de acuerdo. La judería, es cierto, sigue guardando el mismo sabor de zoco oriental que tuvo en otra época, donde todo se podía comprar y todo era posible. Pero —invadida por hordas de turistas en cualquier época del año— el tiempo no se ha parado en ella, sino que va a su aire, dormido, silencioso, destilado en todas las melancolías de los que han pasado por allí en busca de su sueño y del nuestro.
En cualquier caso, perderse por el laberinto de la judería es uno de los mayores placeres que reserva Córdoba al visitante. Allí hay una calle que llaman el Pañuelo porque cabría en un bolsillo y una plaza diminuta que dicen que es la más pequeña del mundo. Allí se descubren los comercios más diversos y se encuentran las artesanías que siguen trabajándose en la provincia: la cerámica, la plata, el cuero repujado. Allí, en definitiva, está la ciudad que caló en la mente de los viajeros románticos y ocupó grabados y fotografías decimonónicas. Hermosos portales de traza moruna y plazuelas íntimas que parecen patios privados, calles silenciosas y estrechísimas que encierran joyas, como la magnífica sinagoga del siglo XIV, cubierta de estucos mudéjares. Cerca de ella vivía Maimónides, cuya tumba puede verse aún en Damasco.
La historia tiene la pésima costumbre de repetirse. Los musulmanes hallaron una ciudad cristiana en plena decadencia y levantaron sus palacios y mezquitas sobre antiguos templos e iglesias, empleando en la construcción materiales romanos y visigodos. La reacción cristiana no fue menos enérgica, y se impuso en todo, apresando el alma de la antigua capital omeya entre las torres y los campanarios de las iglesias, bajo los cuales pasearía tantas veces don Luis de Góngora, que en Córdoba nació, murió y está enterrado, y a Córdoba dedicó un soneto inolvidable:

¡Oh, excelso muro, oh, torres coronadas

de honor, de majestad, de gallardía!

¡Oh, gran río, gran rey de Andalucía

de arenas nobles, ya que no doradas!

¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas

que privilegia el cielo y dora el día!

¡Oh siempre gloriosa patria mía,

tanto por plumas cuanto por espadas!…


Son innumerables los recuerdos que pueden encontrarse hoy de aquel tiempo, y muchos los monumentos de la Córdoba de la Reconquista, el Renacimiento y la mal llamada Contrarreforma.

¡Cuántas iglesias! La capilla de San Bartolomé, en la misma judería, con su zócalo de azulejos y su caprichosa decoración de estuco donde quedan grabadas invocaciones a Alá. La magnífica iglesia de Santa Marina, mandada construir por Fernando III el Santo, frente a la cual se alza un monumento a Manolete, símbolo de todo lo que hay tras un muchacho con una muleta: la vida, la necesidad y la muerte. La torre de estilo grecorromano de la mezquita- catedral, que reemplazó al alminar islámico en el siglo XVI.
¡Cuántos conventos! Muchos tardíos, de finales del siglo XVI, del XVII, del XVIII… De este último siglo son la Virgen de los Faroles en el exterior del muro norte de la mezquita; el Cristo de los Faroles, que de noche impresiona al menos creyente; o el curioso monumento del Triunfo, erigido entre la mezquita y el puente romano, rematado por la estatua del arcángel Rafael, patrón de la ciudad.
No muy lejos del puente romano, en el Campo de los Mártires, se levanta el principal hito arquitectónico de la Córdoba cristiana y medieval: el Alcázar de los Reyes Cristianos, de espléndidos jardines y patios de inspiración mudéjar. El edificio, de planta cuadrada, flanqueado en sus esquinas por torres, se construyó por orden de Alfonso XI en el siglo xiv y ha sido de todo: sede de la Inquisición durante más de tres siglos, cárcel, instalación militar. En sus estancias residieron también los Reyes Católicos durante ocho años y allí recibieron en audiencia a Cristóbal Colón cuando este les contó su audaz empresa de viajar a las Indias por el Atlántico.
La influencia del Renacimiento tiene un reflejo inconfundible en el Palacio de Viana, cuyo pórtico clásico hace pensar en Miguel Ángel. Pero, sin duda, su mayor virtud se encuentra en sus patios. Son doce, cada uno con su nombre, que recuerda la sobriedad y elegancia de su trazado. Del Recibo, del Pozo, de los Gatos, de la Alberca…
Las plazas de Córdoba son otro de sus rasgos distintivos, porque recuerdan la profundidad de la influencia castellana en la ciudad. La del Potro es la favorita del viajero. Su nombre procede del borrico que, con las patas delanteras levantadas, mira hacia el río apoyándose en un búcaro sobre una pileta por la que escurre el agua. Se trata, sin duda, de uno de los lugares más sugerentes de Córdoba, mencionado por Cervantes en la mejor novela del mundo. A un lado está la antigua Posada del Potro, la imagen de la quintaesencia de las corralas medievales, con sus dos plantas en torno a un patio presidido por un pozo. Al otro, el Hospital de la Caridad, cuya cancela da acceso a dos museos: el de Bellas Artes, en el que brillan las obras de Valdés Leal, Zurbarán o Murillo, y el de Julio Romero de Torres, el artista del 98 que retrató a la mujer morena, a la andaluza agitanada de ojos misteriosos y alma en pena, y también a damas de la alta sociedad, buenas pagadoras, como Regina Soltura, amiga del viajero, o Teresa Wilms Montt, la poeta aristócrata que encandiló a don Ramón del Valle-Inclán.
La Plaza de la Corredera, encuadrada regularmente de soportales, balcones continuos y ventanas, es otro lugar representativo. Del siglo XVII y con un claro aire castellano, el azahar se transustancia allí en olores a comida frita y al mercado que fue cárcel del corregidor.
A la izquierda, y después de un breve paseo, nos damos con el bronce y el mármol de otro personaje ilustre de la ciudad, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, aislado sobre su caballo en el centro de la plaza de las Tendillas, que el sol abrasador hace que parezca inmensa. Pero aún no hemos terminado. No puede abandonarse Córdoba sin pasear con toda la curiosidad del mundo por el barrio de San Basilio, muestra elocuente del urbanismo cristiano —con calles rectas, trazadas a cordel— y de la adquisición por su parte del patio, una forma de vida heredada del pasado romano y árabe. Casas populares que albergan patios populares, secretas cámaras de sentimiento que revelan el más definido matiz de la ciudad —su espíritu, su esencia—. Los balcones enrejados que rebosan de flores a las calles son como una mínima erupción de lo que esconden algunos patios típicos de San Basilio: una eclosión vegetal de jazmines, geranios y claveles que abruman de belleza a quien los contempla.
Romana, mora, y cristiana… Córdoba es todas las ciudades que ha sido desde que la fundaron, un pergamino rasgado y pulido muchas veces. El tiempo la gasta, pero no la derriba, escribió Antonio Muñoz Molina en un hermoso libro. Y es verdad.
El viajero ha estado múltiples veces en Córdoba y su recuerdo más personal duerme en la Huerta de los Arcos, situada en las faldas de la sierra, con su palacete de estilo neomudéjar y un jardín que evoca los antiguos que coloreaban de verdor los alrededores de la capital omeya. La quinta, un breve oasis de delicia para defenderse del calor y el estrépito de la urbe, domina la ciudad entera y ofrece a la mirada un espectáculo que el viajero no ha olvidado desde la primera ocasión que se alojó en ella, invitado por Regina Soltura, su antigua propietaria: los tejados y las torres perdiéndose hacia el doble azul de la serranía y del cielo.
Solo una imagen postal en Córdoba puede competir en belleza con la que acaba de describirse. Al otro lado del Guadalquivir, desde la Torre de la Calahorra: un muro de la mezquita, las almenas del Alcázar de los Reyes Cristianos, la insinuación del dédalo de la judería… La ciudad, contemplada desde ese punto, parece uno de esos animales soñolientos a punto de adentrarse en la corriente serena del río.
A escasos ocho kilómetros de Córdoba, al pie de las últimas estribaciones de Sierra Morena y en la solana del monte que los árabes llamaron la Desposada, se encuentran las ruinas de Medina Azahara, ciudad palaciega que fue fiel expresión del lujo, el poder y el gusto de los califas omeyas. La ordenó construir Abd al-Rahman III para su favorita Azahara, y tuvo puertas de ébano y marfil cuajadas de pedrería, millares de columnas de preciosísimos mármoles, fuentes por las que manaba de día y de noche el agua que llegaba por acueductos desde los veneros de la sierra, plantas peregrinas traídas de Siria, salas de fabulosa magnificencia y un impresionante palacio de embajadores que imitaba la traza de la residencia de Salomón.
Viajeros y poetas musulmanes celebraron Medina Azahara como la mansión real más espléndida y el jardín más delicioso de la tierra, pero este prodigio del buen vivir fue efímero como una flor. Veinticinco años tardó el califa en verlo terminado y apenas duró setenta y cinco en pie, ya que fue destruido a principios del siglo XI, durante la pavorosa guerra civil que estalló en Córdoba a la muerte de Almanzor.
El más pesado de los olvidos cayó entonces sobre sus ruinas, que fueron bautizadas como Córdoba la Vieja y equívocamente consideradas como romanas hasta principios del siglo xx. La Medina Azahara que hoy puede verse es fruto de décadas de excavaciones y comprende tan solo los restos supervivientes de la zona noble: las estancias reales, las administrativas, el magnífico palacio para los embajadores… El lugar es agradable y melancólico, invita a la meditación y recuerda aquel pasaje del Corán sobre la fugacidad de todas las cosas, que dice: «Ves los montes y crees que son inamovibles, y sin embargo pasarán como las nubes».
El Guadalquivir deja Córdoba atrás como una nostalgia irremediable y orilla campos de labranza que se extienden a lo largo y ancho de la campiña, verde y dorada, olivarera y cerealista. No por ignorancia, sino por prisas, el viajero pierde la ocasión de describir Almodóvar del Río, o de desviarse hacia los bellos pueblos cordobeses de la subbética, y termina su periplo por Andalucía en Fuente Obejuna.
Hay lugares que únicamente, o sobre todo, son una catedral, un mercado, un río, un pequeño barrio, un castillo majestuoso y cimero. Fuente Obejuna, que tiene el aroma de los pueblos cordobeses de su entorno y una iglesia parroquial del siglo xv, es el recuerdo de un crimen viejísimo y la obra de teatro que lo inmortalizó.
El crimen ocurrió aquí en la madrugada del 23 de abril de 1476, cuando el Consejo de la Villa y los vecinos en pleno decidieron vengar las afrentas y los abusos cometidos por Fernando Gómez de Guzmán, comendador de los calatravos y ejemplo de la vieja estirpe de caciques españoles. Lo asesinaron con tremendo ensañamiento junto a catorce de sus criados. Los Reyes Católicos enviaron a un juez a investigar los hechos, pero este no consiguió averiguar quiénes habían sido los autores de la muerte del comendador.
El suceso quedó grabado a fuego en la memoria popular y tiempo después inspiró a Lope de Vega su Fuenteovejuna. El Fénix de los Ingenios mezcló la historia verdadera con la que imaginó para crear un magnifico drama en el que se expresan los deseos de justicia de todo un pueblo oprimido. El público de la época se vio reflejado en la acción, y la obra resultó un gran éxito en el Madrid de los Austrias.
Seis siglos después del crimen histórico y cuatro desde que la versión de Lope de Vega se estrenara, los habitantes de Fuente Obejuna siguen orgullosos de su historia y se unen cada dos años en la plaza Mayor para recitar los versos que concedieron a su nombre la inmortalidad.

Frondoso: ¿Qué es tu consejo?

Esteban: Morir diciendo: ¡Fuenteovejuna! Y a nadie saquen de aquí.

Frondoso: Es el camino derecho: ¡Fuente Ovejuna lo ha hecho!

Esteban: ¿Queréis responder así?

Todos: ¡Sí!

¡Sierra Morena! Pasado y presente conviven en este paraje inquietante por sus peligros y por la grandiosidad y la soledad de sus riscos, precipicios, caminos y veredas.
Del pasado aún perdura el recuerdo de los bandoleros pintados por Goya, que por estos mismos lugares salían al paso de los viajeros y los desvalijaban, dándoles muerte en más de una ocasión. «El rey manda en España, y en la sierra mando yo», decía el más legendario de todos ellos, José María Hinojosa, el Tempranillo. Y no exageraba, porque el ilustre bandido que terminó sus días como miguelete, cazando a sus viejos compañeros de fechorías, fue en los tiempos de Fernando VII amo y señor de casi todas las rutas que atravesaban esta sucesión de montes, vallejos y serrijones en los que, hoy como ayer, la maleza crece en plena libertad.
Del presente habla el repentino ruido, como de cohete galáctico, que rompe de tanto en tanto el silencio soberano de las montañas: el tren AVE que vuela en dirección a Córdoba o a Madrid.