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Baltasar Dreventon y Michel Verdiguier

El comienzo de esta historia sucedió a muchos kilómetros de Córdoba. En concreto, en Lisboa. Un aciago 1 de noviembre de 1755tembló la tierra con fiereza en el fondo del Atlántico, a unos 300 kilómetros de la capital portuguesa, y eso dio pie a un virulento tsunami y a un incendio terrible. La bella Lisboa, más melancólica quizá que nunca, quedó prácticamente en ruinas.
En Córdoba son muchos los vestigios del terremoto de Lisboa que se aprecian, aunque quizá uno de los daños más importantes, por su trascendencia, fue el que sufrió la torre-alminar de la Mezquita, que había sido reconvertida en torre del campanario por Hernán Ruiz III en el siglo XVI. Los daños fueron graves y eso llevó al Cabildo Catedralicio a buscar soluciones. Hubo varios intentos fallidos, hasta que finalmente se optó por un arquitecto francés. De Marsella para más señas y llamado Baltasar Dreveton. Llegó a Córdoba el artista en 1759, cuatro años después de la catástrofe, y se ganó justa fama por apuntalar la torre

cuando muchos optaban por su demolición. Dreveton, miembro de la Academia marsellesa y coetáneo de Voltaire o Rousseau, demostró con hechos los avances arquitectónicos de la Francia de la Ilustración y, como es lógico, le salieron nuevos encargos. En Salamanca, por ejemplo, donde apuntaló la torre de la Catedral Vieja, o en la misma Córdoba, donde se estableció. El Cabildo fue precisamente el que le encomendó su primera obra creativa de fuste en la ciudad: el diseño de la capilla de Santa Inés de la Mezquita. Y fue entonces cuando Dreveton se acordó de un amigo y paisano con el que ya había trabajado en el convento de Las Bernardinas de Marsella. Se trataba del escultor Jean-Michel Verdiguier (Marsella, 1706), que, tras conocer las últimas tendencias barrocas y neoclásicas en Roma y París, ya había logrado justa fama en su tierra como director de la Academia marsellesa y como escultor de la Catedral de Tolon. Cuando Verdiguier llegó a Córdoba corría el año 1763, reinaba en España Carlos III y la provincia contaba con poca más 200.000 habitantes. Por entonces lo desconocía el artista, pero aquí se quedaría ya para siempre hasta su muerte en 1796.

 

Competencia entre amigos
Comenzó a partir de entonces, de ese año de 1763, una fructífera vinculación artística entre los dos paisanos marselleses, amparada por la autoridad religiosa y por la confianza del obispo del momento, Martín de Barcia, que con Verdiguier, que de primeras no sabía español, estableció buena amistad gracias a que ambos hablaban italiano. De ella no sabía gran cosa hasta hace una década más allá de apuntes erráticos, pero quiso el destino que un descendiente de Verdiguier se lanzase a historiar con minuciosidad la labor de su antepasado. Su nombre era Antonio Gómez-Miramón y Maraver, farmacéutico en Torremolinos, en Málaga, durante su vida profesional pero que, ya jubilado, cursó Historia del Arte y elaboró una magnífica tesis doctoral, luego convertida en libro por la Editorial Séneca, sobre su ancestro. Ahí, en ese trabajo que aporta cartas y documentos inéditos, se pudo al fin inventariar con detalle la vida del escultor y, de paso, ahondar en la relación que mantuvo con Baltasar Devreton. Una amistad marsellesa que, en Córdoba, acabaría tornándose en competencia.
Cuenta en su excelente tesis Gómez-Miramón que el origen del «affaire» entre ambos surgió en 1767 por una obra de calado: la reforma de la capilla de San Pedro de la Mezquita-Catedral. Según explica, al arquitecto Dreveton le encargó este proyecto el Cabildo Catedralicio, mientras que el escultor Verdiguier le llegó la misma encomienda por parte del Patronato de la propia Capilla. Los diseños de ambos entraron en liza y finalmente el Cabildo tiró adelante en solitario tras optar por la propuesta de Dreveton. Ese malentendido hizo entrar en cólera al escultor, que, en su correspondencia con la Academia de Marsella, de la que aún era director perpetuo, mostró su enfado echando por su pluma sapos y lagartos contra su paisano. El asunto fue grave, pues trascendió los límites eclesiales y llegó incluso a oídos de los Veinticuatro que gobernaban la ciudad. Si la sangre no llegó al río quizá fuese porque desde el Obispado «conformaron» al escultor con otros trabajos en San Felipe Neri. El vínculo artístico entre los dos ilustrados franceses se restableció por tanto y poco después se les vio trabajar en la ampliación del Seminario de San Pelagio. A partir de entonces, según cuenta el descendiente de Verdiguier, no regresó sin embargo la vieja amistad, sino una especie de alianza provocada más por los intereses comunes y las mediaciones eclesiales.

El legado
Más allá de esa amarga trifulca, lo cierto es que la huella creadora del dúo que formaban Dreveton y Verdiguier quedó indeleble en la geografía cordobesa y no sólo cordobesa. De Verdiguier son por ejemplo esculturas tan emblemáticas como los triunfos de San Rafael que hay en la Puerta del Puente o en la Plaza del Potro, obra que en la época del escultor se alzó junto a la Colegiata de San Hipólito. También es suya la ornamentación de los Púlpitos de la Mezquita y la de la Capilla de Jesús Nazareno de Lucena y parte del Sagrario de la Catedral de Jaén y de la fachada de la Catedral de Granada. Dibujos de Verdiguier, que fue miembro de la Real Academia de San Fernando y que murió en 1796, se pueden ver además en los museos de Bellas Artes de Marsella, Córdoba y Londres.
Dreveton firmó por su parte el colegio de Santa Victoria, la cripta de San Nicolás de la Villa, el Archivo de Obras Pías del Patio de los Naranjos o la Puerta del Caño.

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