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Cuando la luna entró por primera vez en la Mezquita

Transcurría en Córdoba la década de los 60 del siglo pasado y la dictadura franquista afrontaba sus últimas curvas mientras en la radio sonaban el alegre «Vivo cantando» de Salomé y el «Hey Jugde» de los Beatles. Fue entonces cuando por vez primera se iluminó con luz artificial el interior de la Mezquita de Córdoba, un proyecto del Ministerio de Vivienda dentro de su Dirección General de Arquitectura. El turismo se había convertido ya, bajo los parámetros del desarrollismo de López Rodó y sus tecnócratas, en uno de los sectores fuertes del país y la intención del Gobierno de la época pasaba por incorporar el gran legado monumental del mundo andalusí a las modernidades del momento histórico. De eso dieron fe los diarios, pero lo que cayó en el olvido fue un documental que se hizo para tal ocasión, bajo financiación del propio Ministerio y en formato de cine de 35 milímetros. Un corto que ahora, gracias a una serie de casualidades, se ha conseguido recuperar y digitalizar en el Centro de Conservación y Restauración de la Filmoteca Española, en Madrid.


El director artístico y guionista de este trabajo cinematográfico fue Víctor Escribano Ucelay (1913- 1986), uno de los grandes arquitectos del siglo XX cordobés y hombre de variadas aficiones y talentos. A su muerte, dejó un ingente archivo y entre él una lata de película que hace unos meses, y tras fallecer su viuda, María Auxiliadora Vázquez, encontró su nieto, el también arquitecto Luis Valdelomar. «La lata, al abrirla, emitía un fuerte olor a vinagre», recuerda Luis, aficionado al audiovisual y que muy pronto se puso a la tarea de descubrir lo que contenía aquella vieja película que parecía a simple vista muy deteriorada. «Nosotros, en la familia, si sabíamos que mi abuelo había guionizado un corto sobre la Mezquita, aunque nadie lo había vuelto a ver», explica sobre las mínimas nociones que por entonces tenían del contenido.
La primera decisión que tomó Valdelomar fue llevarlo a una tienda especializada de Córdoba, pero la respuesta resultó negativa. El formato era de cine, de 35 mm, mientras que dicho establecimiento se dedicaba a formatos domésticos. Visto eso, el nieto de Víctor Escribano recurrió a la Filmoteca Española y en especial a su Centro de Recuperación. Tampoco llegaron de allí buenas las noticias. Descubrieron que la película, titulada «La luna entró a la Mezquita», padecía una degradación acética -de ahí el olor similar al vinagre- por su mala conservación, así que el proyecto de recuperación se hizo inviable. A Valdelomar le dieron, eso sí, leves esperanzas de que quizá más adelante podría aparecer el positivo de la película. Y ahí, en esa vaporosa neblina con sabor a frustración, quedó varado el asunto.
El efecto del azar
Así hasta que una causalidad vino a resolver este enigma hace unos meses. El origen de la solución estuvo en una mudanza del Ministerio de Agricultura, que dio pie a que a inicios de este año enviasen a la Filmoteca varias latas de películas que por allí aparecieron. La fortuna hizo también lo suyo pues a los profesionales que les correspondió revisar ese material fueron los mismos que se habían encargado de la película sobre la Mezquita. Y lo que descubrieron es que entre lo que llegaba de Agricultura había cuatro copias en 16 mm y muy buen estado de esta misma producción, que tenían fresca en la memoria por haber trabajado antes con los fotogramas deteriorados. A Luis Valdelomar, una vez la digitalizaron, le enviaron una copia, que hoy se hace pública para el público en general en la web de ABC. Ahí se puede observar cómo era la Mezquita de hace 50 años en un canónico blanco y negro y bajo los claroscuros de la iluminación artificial.
El cortometraje arranca con panorámicas exteriores del inmueble, con imágenes tomadas en la Albolafia, el Puente de San Rafael y La Calahorra. Se ve también el abigarrado caserío de la Judería, que tanto fascinase algunos años antes a Jorge Luis Borges, y luego se realiza un repaso descriptivo por los distintos espacios. El texto de Víctor Escribano que acompaña a la magníficas imágenes aporta un moderado tono lírico, característico de la época. Demuestra además el gran amor que el arquitecto sentía por Córdoba y en especial por arte musulmán y por la Mezquita como elemento central de todo ese legado. De ella escribe con deleitada prosa y con los anchos conocimientos de muchos años de estudios y de visitas al templo. Con entusiasmo se refiere al edificio original y con menos brío a la Catedral que se hizo dentro tras la Reconquista. Escribano llega a a escribir al respecto con leve ironía que es «Catedral como todas», en referencia a su más limitada originalidad.
La película dispone además de una incuestionable solvencia técnica, ya que contó con profesionales españoles de primer nivel. De la fotografía, se hizo cargo el especialista Vicente Minaya, que fue habitual en las populares cintas de Mariano Azores y en películas de los 60 y 70 como la taurina «Historias de la fiesta» o la bélica «Operación Rommel». La música corrió por su parte de manos del compositor murciano Mario Medina Segui, habitual en muchas producciones, mientras que de la realización se hizo cargo Ramón Sainz de la Hoya, cineasta clásico del NO-DO del que ha quedado la frase antológica de que Franco, al que grabó en cientos de ocasiones, no tenía «ningún ángulo bueno» para rodarlo.
La mayor riqueza, sin embargo, que deja este documental son sus imágenes. Esa Mezquita que apenas ha cambiado desde entonces hasta hoy mientras a su alrededor todo sigue variando. Arcadas y largos pasillos en los que al fondo se advierte una luz eléctrica que bien podría parecer un pequeño y misterioso candil del califato. La magia eterna de este edificio milenario que en todas las épocas mantiene su hechizo formidable. Un misterio que persiste pasen los años que pasen como se demuestra en este documental recuperado gracias al empeño de Luis Valdelomar y a los felices caprichos que en ocasiones propone el destino.

 

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