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Elie J. Nahmias, seducido por Córdoba

Portada a la calle Rey Heredia del palacio de Medina Sidonia Una tarde lluviosa de noviembre de 1986 Elie Nahmias me recibió en su casa de Córdoba, la Casa del Judío como la llama el pueblo cariñosamente. Pretendía hacerle una entrevista periodística en la que me explicase por qué había adquirido y arreglado una mansión en Córdoba para pasar en ella algunas temporadas. Y mientras los truenos de una tormenta vespertina hacían temblar los cristales, en un cálido saloncito de su palacio Elie abrió su corazón para relatarme la historia de su enamoramiento de Córdoba. Apenas hicieron falta preguntas para que desgranase emocionadamente aquella historia de amor.

UN VERDADERO FLECHAZO
“Córdoba es mi novia”, comenzó diciendo mientras su voz se quebraba de emoción en la penumbra del saloncito. Y habló con detalle de aquel flechazo, acaecido veintidós años atrás. “La Nochebuena de 1964-comenzó a relatar su historia como si acabase de vivirla- nos paramos en el coche y pasamos la noche en La Arruzafa. Les digo a mi mujer y a mi hija: “Ya que estamos en Córdoba aprovecharemos para callejear”. Mi hija estaba cansada y bajamos mi mujer y yo. Bajamos a la Mezquita y entramos en el Patio de los Naranjos cuando se nos acerca un jovencito modesto: “Soy un estudiante cordobés y como amo a Córdoba, querría enseñarles algunos rincones; no es por dinero”. Nos llevó por la Judería. Entonces, las puertas de los patios estaban abiertas siempre. Era un verdadero hechizo. Regresamos a la Mezquita exactamente a las doce. “¿Quieren venir a la misa del gallo?”, nos preguntó. Entonces, las luces del interior eran más discretas que hoy. Oír en ese bosque de columnas cantar la misa ftie un verdadero (aquí utilizó una expresión francesa equivalente a atrapar, se sintió atrapado por aquel momento irrepetible). Cuando salimos de allí le dije a mi mujer: “Aquí tendremos nuestra casa”.
-Eso fiie como un flechazo.
-Es una historia verdadera, no es un cuento.
Cuando el matrimonio Nahmias regresó a Madrid, tras recorrer Andalucía, Elie fue a visitar a su amigo Gratiniano Nieto, a la sazón director general de Bellas
Artes. “¿Qué es lo que más te ha gustado?”, le preguntó. “Sin discusión, Córdoba”, fue su respuesta categórica. “Eres un verdadero español”. Y la conversación prosiguió en estos términos, según la recordaba Elie: “Hemos decidido tener una casa en Córdoba”. “¿En serio?”. “Completamente”. “¿Dónde?” “Cerca de la Mezquita”. “E-lie, ¿en serio?”, insistió Gratiniano como si no creyese lo que acababa de escuchar. “En serio”.

LA BÚSQUEDA DE UNA CASA
Convencido del propósito de su amigo, en ese mismo momento Gratiniano Nieto descolgó el teléfono y llamó al arquitecto Félix Hernández, a la sazón conservador de la zona histórico-artística de Córdoba. “Tengo aquí a un amigo entrañable a quien le interesaría una casa en el barrio histórico de Córdoba, preferentemente en la Judería; a ver si encuentras una casa interesante pero antigua”. Tres o cuatro semanas más tarde, Gratiniano llamó a Elie. “Me dijo que don Félix había encontrado una casa que le parecía interesante, y enseguida vinimos mi mujer y yo. Nos dirigimos a Ana Mari (se refería a Ana María Vicent, directora del Museo Arqueológico y amiga de Gratiniano Nieto, su director general), nos lleva a la plaza de las Bulas y nos enseña una casa situada entre la plaza y la muralla, pero mi mujer se asustó de su estado, no le gustó. (Era la casa que a mediados de los años noventa recuperó y reformó el grupo NH para instalar el actual hotel Amistad). Regresamos al museo por la calle Encamación cuando me enfrento con la portada de lo que nosotros llamamos la Casa Grande”. Se trata de la casa número 13 de la calle Rey Heredia, que ostenta en su portada barroca la fecha de 1636, con su tímpano sustentado por ménsulas con mascarones en el que se inscribe el balcón blasonado; una mansión mudéjar que perteneció al Duque de Medina Sidonia, hijo de Enrique II, y fue reformada en el siglo XVn, también conocida en Córdoba como casa de los Armenia y los Cárdenas, que por entonces era propiedad de Enrique Merino.
“¿Y eso qué es?”, pregunta Elie a Ana María Vicent, seducido por la portada. “Una casa particular. ¿Le interesaría visitarla? No es impo-
sible que los dueños la vendan si le interesa”. Entraron. A Elie le pareció una casa muy grande pero interesante. No le desagradó. “Lo pensaremos”, dijo. Días más tarde volvió a Córdoba y visitó la casa con más detenimiento. Era la hora de la siesta. “Vuelvo, doy vueltas, llamo a don Félix. Don Félix, ¿no le parece a usted que en esta casa hay muchos añadidos? Creo que si se sacan queda una casa clásica, de planta completamente rectangular, una casa auténtica”.

LLANTO POR UNA TRAICIÓN
Hasta aquí llega la transcripción que conservo de aquella grata conversación grabada con Elie Nahmias, que duró toda una tarde. El resto queda desdibujado en la memoria remota. Pero recuerdo que al término de aquella grata conversación Nahmias se echó a llorar; casi como se llora la muerte de un ser querido. Y es que pocos días antes de nuestro encuentro un desalmado había penetrado en la casa a través del portón de la cochera para sustraer quizás una vieja espada o una fuente plateada, una bagatela para Elie. Pero él lloraba en silencio no por el valor de los sustraído, sino porque interpretaba aquel acto despreciable como una traición de Córdoba, su querida novia. Fue entonces cuando me rogó, por favor, que no publicase la entrevista mientras él viviese. Y respeté su deseo. Otro robo posterior le privaría de un antiguo Nacimiento de gran valor sentimental. Para mejorar la seguridad se acabó tapiando la puerta de la cochera, como aún se puede ver.
Cuando me despidió a la puerta de la casa que se abre a la calle Homo del Cristo, incorporada al primitivo palacio, advirtió mi ex-trañeza al contemplar un cuadro de San Rafael en el testero frontal del zaguán. ¿Cómo un judío tiene a San Rafael en su zaguán? “Es la tradición cordobesa, y yo la respeto”, me dijo. Antes de despedirnos me entregó su taijeta. “Elie J. Nahmias / 103, Avenue Henri Martin. 75116 Paris”. Y un número de teléfono. “Si alguna vez va usted por París no dude en llamarme”. Todo un caballero hospitalario.

“COMO SI FUERA UN SUEÑO”
El recordado profesor Feliciano Delgado, al escribir sobre Nahmias a raíz de su muerte acaecida el 28 de noviembre de 1994, aseguró que tras adquirir la casa “don Félix puso orden y método en los proyectos y el arquitecto Rafael Manzano () realizó la re construcción, a veces, y la construcción del conjunto, como si fuera un sueño o un poema”. Las obras fueron encomendadas al constructor Antonio Lara Troya-no. Para restituir elementos que devolviesen antiguos esplendores a la mansión contactó con anticuarios y buscó a los mejores artesanos herreros, ceramistas, carpinteros, marmolistas, jardineros. Entre los artistas que colaboraron figuran los afamados ebanistas Moreno Anguita, creadores de muebles de época y artesona-dos de raigambre mudéjar, o el maestro escayolista Manuel Mora, artífice de las molduras. Sin olvidar a Juan Reyes, responsable durante muchos años del equipo de mantenimiento y conservación. Delgado consideraba en su citado artículo que la casa estaba hecha con amor, y que Elie “fue buscando por todas partes capiteles, maderas, hierros españoles, que habían salido subrepticiamente de España, y él lo compraba todo y lo devolvía a su sitio natural”.
Nahmias también adquirió casas colindantes para ampliar y cuadrar la planta, entre ellas la que con el número 2 abre su puerta a la calle Homo del Cristo. La Guía de Arquitectura de Córdoba, del 2003, asegura que “dos patios de factura clásica ordenan las dependencias antiguas del edificio” y resume aquella intervención arquitectónica diciendo que “en el espacio del antiguo jardín, así como en el de algunas casas que fueron anexionadas, se realizaron las obras de ampliación, dirigidas por Rafael Manzano, que dotaron al conjunto de sugestivos patios y jardines de influencias granadinas”.
La intervención mejoró también la vertiente occidental de la plaza de Jerónimo Páez, a la que se abre el palacio a través de una portada neomudéjar con artísticas puertas procedentes de un derruido palacio toledano, cuyos bajorrelieves de madera tallada representan a Femando III el Santo y a Pedro I el Cruel. En los encalados muros de esta vertiente se adosa una vieja fuente de piedra gris con mascarones en sus caños, y cerca de ella se erige sobre austero pedestal un sobrio busto de Lucano, el poeta cordobés que ingresó en la literatura universal con La Farsalia. Haciendo esquina con la calle Homo del Cristo se alza una graciosa torre cubierta a cuatro aguas, tan cordobesa, con sus huecos protegidos por celosías, tras la que asoman corpulentos cipreses de un jardín interior. La explanada que se extiende ante el palacio, pavimentada con cuadrículas de adoquines y empedrado, ostenta hoy el nombre Elie J. Nahmias.
En el libro Las fuentes de Córdoba -empeño editorial de un grupo de buenos cordobeses, encabezado por el ingeniero Juan Chas-tang-, publicado en 1986, el poeta Mario López escribe de esta casa que es un “palacio reedificado en el siglo XVII y oportunamente salvado en nuestros días de la incuria del tiempo tras haber sido restaurado con especial buen gusto y sentido artístico”. El libro plasma fotos de las seis fuentes que amenizan los ajardinados patios palaciegos, algunas de ellas exentas, con surtidores rumorosos, y otras adosadas a muros, decoradas con relieves que representan un mascarón y un tierno infante. En Córdoba reencontró sus raíces. Elie Nahmias fue hombre acomodado y discreto, que jamás hizo ostentación en Córdoba de su posición económica y social. En junio de 1979 la asociación Amigos de Córdoba, promovida y presidida por Carlos Fernández-Martos, le entregó en el Salón Liceo del Círculo de la Amistad el título de primer socio de honor. Precisamente Carlos le dedicó un sentido artículo en este periódico a raíz de su muerte (“Ha muerto un gran amigo de Córdoba”), en el que aseguraba que a su casa de Córdoba traía “invitados ilustres de distintos países a los que trataba de imbuir su pasión por Córdoba”. Y en el mismo texto recordaba que en una ocasión le con-fesó Elie: “Aquí me he reencontrado con mis raíces”, unas raíces con testimonios escritos en los archivos catedralicios de Córdoba y Toledo, en los que figuran añejas referencias al apellido Nahmias.
En otro artículo publicado en estas páginas en febrero de 1991 (“Elie Nahmias, un amigo de Córdoba en París”), el historiador Luis Palacios Bañuelos proporciona algunos rasgos interesantes sobre tan distinguido per-sonaje, con quien mantuvo amistad. Dice el profesor que Elie se definía como sefardí ta-hor, que quiere decir “español verdadero”, pues era descendiente de los judíos expulsados de España por los Reyes Católicos, que conservaban el habla y la cultura. Y el ya citado profesor Feliciano Delgado apuntaba en otro artículo necrológico que tras la expulsión unos Nahmias se establecieron en Holanda, donde crearon una importante imprenta, y otros arribaron a Grecia, donde nació Elie.
Llegó a ostentar la presidencia de la Federación Sefardí Mundial, lo que le permitió asistir en 1990 en Oviedo a la entrega del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, concedido ese año a las Comunidades Sefardíes dispersas por el mundo, una verdadera “España itinerante” que conservó “el legado cultural y lingüístico de sus antepasados”. Como proclamó el jurado conce sionario, el premio convocaba a las comunidades sefardíes “al reencuentro con sus raíces, abriéndoles para siempre las puertas de su antiguo país". Un momento muy emocionante para Nahmias, quien en el curso de la recepción celebrada con tal motivo manifestó a Don Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias: “Un antepasado Vuestro nos expulsó y Su Alteza nos recibe ahora”.

SU FAMILIA MANTIENE LA CASA
Desde la muerte de Elie, la Casa del Judío la sigue frecuentando su familia, tanto su viuda Inna como los hijos, así que interiormente conserva sus patios y estancias cuidados como siempre, ahora a cargo de Antonio, responsable de su guarda y mantenimiento, que reside en una casita contigua. Y aunque la mansión se encuentra cerrada a las visitas foráneas, a través de la cerradura de la puerta recayente a la plaza se aprecia uno de sus patios, enjoyado con capiteles de acarreo y amenizado por las verdes pinceladas de las macetas.
Las fachadas exteriores muestran en cambio cierto descuido y piden con urgencia una mano de cal y acaso el saneamiento de algunos muros castigados por la humedad, reparación que se llevará a cabo próximamente, según he sabido de buena fuente. Por cierto que al contemplar las puertas que se abren tanto a la calle Rey Heredia como a la plaza me alarmó observar que faltan los artísticos llamadores o aldabones. ¿Los habrán robado?, me pregunté. No, afortunadamente no los han robado, pero lo intentó algún desalmado, así que para preservarlos han sido desmontados y están guardados. Si Elie compró y arregló la casa por amor, su muerte no puso fin a aquel bello romance, que mantienen hoy vivo su viuda y sus hijos, a quienes supo transmitir el amor a Córdoba.